En los barrios marginales de Lima, donde el crimen organizado ha dejado una huella de dolor y miedo, los velorios están tomando un giro inesperado. En lugar de lágrimas y silencio, el reguetón y los bailes llenan el aire, liderados por figuras como «El Cangri del Callao», quien ha convertido estas despedidas en un acto de rebeldía cultural. Esta práctica no solo rompe con la tradición del luto, sino que también se ha vuelto un símbolo de resistencia en comunidades donde la violencia es parte del día a día.
El aumento de la inseguridad en Perú ha alcanzado niveles críticos, con un incremento del 30% en homicidios desde 2021, según datos oficiales. Las extorsiones, vinculadas directamente al crimen organizado, han crecido un 65% en los últimos tres años, dejando a muchas familias sin opciones más que adaptarse a una realidad donde la muerte es constante. En este contexto, los velorios con reguetón emergen como una respuesta colectiva, una forma de reclamar alegría en medio del caos y la impunidad.
El impacto del crimen organizado en la cultura
Mientras las autoridades luchan por controlar la ola de violencia, estos rituales se han convertido en un fenómeno social que trasciende el simple acto de despedida. Para algunos, es una forma de honrar a quienes partieron, ya sean víctimas inocentes o jóvenes atrapados en el ciclo de la delincuencia. Para otros, es una protesta contra un sistema que ha fallado en proteger a sus ciudadanos.
Las cifras son alarmantes: más de 3,500 homicidios en 2025, un promedio de 10 muertes violentas diarias, y un récord de 25,000 denuncias por extorsión. Operativos policiales en zonas como Lima Norte han decomisado armas y explosivos, pero la sensación de inseguridad persiste. En este escenario, el reguetón en los velorios no solo es música, sino un acto de supervivencia cultural, donde el dolor se transforma en ritmo y la comunidad encuentra un espacio de unión y fortaleza.
Expertos en seguridad ciudadana señalan que, aunque estas celebraciones pueden ser vistas como controvertidas, reflejan una necesidad urgente de reconstruir el tejido social en áreas devastadas por la violencia. Mientras tanto, «El Cangri» y otros artistas continúan liderando este movimiento, demostrando que, incluso en los momentos más oscuros, la cultura puede ser un faro de esperanza.

