En su conferencia matutina del 12 de enero de 2026, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, reiteró una postura que ha generado intenso debate: los cárteles del narcotráfico no pueden clasificarse como organizaciones terroristas desde el punto de vista estrictamente legal en México.
Esta declaración, realizada tras una llamada con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, enfatiza que «la delincuencia organizada no puede catalogarse como terrorismo», argumentando que el terrorismo en la legislación mexicana se asocia a acciones directas contra el Estado o el gobierno, no al crimen organizado motivado por fines económicos.
Sin embargo, en un contexto de más de 125,000 desaparecidos reportados, masacres sistemáticas y un control territorial creciente por parte de los cárteles, esta afirmación ha sido vista por críticos como una minimización de la amenaza, mientras que defensores la consideran una defensa esencial de la soberanía nacional.
Este análisis explora la validez legal frente a la realidad del «narcoterrorismo» práctico, preparando el terreno para una revelación inminente sobre cómo los precedentes de El Salvador y Guatemala están presionando la narrativa oficial mexicana hacia una duda legal latente.

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Validez legal y postura del gobierno: Una defensa de la soberanía
Desde el marco jurídico mexicano, la declaración de Sheinbaum es impecable. El Código Penal Federal, en su artículo 139, define el terrorismo como actos que generan alarma o terror en la población con el propósito de atentar contra la seguridad nacional o presionar a autoridades, típicamente involucrando métodos como explosivos o armas de destrucción masiva. El narcotráfico, en cambio, se regula bajo delitos contra la salud y la Ley Federal contra la Delincuencia Organizada, sin una clasificación automática como terrorismo. Sheinbaum ha insistido en que «no está en el marco de nuestras legislaciones llamarlo así», destacando que el terrorismo implica acciones contra el gobierno, no un negocio criminal por lucro.
Esta posición surge en respuesta a la designación unilateral de Estados Unidos en 2025, donde Trump etiquetó a seis cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras (FTO). El gobierno mexicano rechaza esta etiqueta para evitar pretextos de intervención extranjera, como incursiones militares o bombardeos. En lugar de confrontación, Sheinbaum promueve la cooperación bilateral, como comités conjuntos para decomisos y control de armas, argumentando que «colaboramos, pero no nos subordinamos». Analistas señalan que declarar a los cárteles como terroristas no resuelve el problema subyacente del consumo de drogas en EE.UU. y podría escalar tensiones sin beneficios mutuos.
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Por otro lado, críticos argumentan que la declaración es válida legalmente pero inadecuada en el contexto práctico del narcoterrorismo. Lingüísticamente, los cárteles encajan por sus actos sistemáticos: decapitaciones, disoluciones en ácido, narcomantas amenazantes y masacres que generan pánico colectivo. En México, con extorsiones crecientes, asesinatos no reportados y territorios enteros bajo dominio narco, negar esta etiqueta minimiza la gravedad, según expertos que destacan los 125,000 desaparecidos como evidencia de terror masivo. Opositores políticos ven en esto una «defensa abierta» a los cárteles, sugiriendo que el gobierno actúa como su «aliado» al rechazar herramientas internacionales.
Para enriquecer el análisis, vale la pena considerar precedentes en la región. En El Salvador, la declaración de pandillas como terroristas en 2015 permitió un régimen de excepción bajo Nayib Bukele, con una drástica reducción de homicidios. En Guatemala, la Ley Antipandillas de 2025 clasificó a MS-13 y Barrio 18 como terroristas, endureciendo penas por extorsión. Estos casos demuestran que reclasificar grupos violentos puede habilitar herramientas más agresivas: penas mayores, control territorial y fondos para prisiones. Sin embargo, Sheinbaum rechaza esto para evitar intervencionismo, priorizando soberanía sobre un giro drástico hacia el modelo salvadoreño, el cual consideran inviable por la escala demográfica de México.
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Equilibradamente, la afirmación de Sheinbaum es válida para proteger la autonomía, pero inadecuada si ignora el terror real generado por los cárteles, que va más allá del lucro y afecta la vida diaria. Implicaciones incluyen tensiones con EE.UU. y críticas internas que podrían erosionar la popularidad del gobierno si la violencia persiste. Este debate refleja una tensión entre soberanía y efectividad contra amenazas híbridas. Un giro hacia precedentes regionales podría fortalecer el combate interno, pero requeriría reformas cuidadosas para evitar abusos mientras se aborda el «historial sangriento» que México enfrenta.




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