El tránsito migratorio de retorno voluntario marcó la historia de Teresa Díaz López, una adulta mayor de 85 años de edad que, tras haber residido durante más de cuatro décadas en los Estados Unidos, tomó la firme decisión de dejar atrás su vida en la nación norteamericana para regresar a El Salvador, informó Univisión Washigton.
La dolorosa y reciente muerte de su hijo, sumada a un profundo anhelo de pasar sus últimos años en la tierra que la vio nacer, impulsó su viaje de regreso a pesar de haber alcanzado la ciudadanía estadounidense, un privilegio legal codiciado por millones de extranjeros.
Díaz López emigró hacia territorio estadounidense a principios de los años 80, impulsada por las condiciones socioeconómicas y el conflicto civil en el país, forjando una trayectoria de esfuerzo continuo donde desempeñó exigentes labores domésticas y de servicios, incluyendo un extenso periodo de 30 años laborando en las instalaciones de la corte de Washington D. C.
Aunque la migrante logró establecer estabilidad laboral, económica y un estatus de protección definitiva, su perspectiva dio un giro absoluto con el fallecimiento de su hijo de 62 años, Francisco Javier Figueroa Díaz, un acontecimiento familiar que quebrantó el arraigo material construido en el exterior.
«Aquí me dediqué a tener trabajos como un burro, trabajos fuertes… trabaja uno, trabaja, y entre más trabaja, más se queda aquí. Pero tras lo de mi hijo necesito volver, para que todos hagan lo mismo que yo, que no le tengan miedo a nada», relató Teresa Díaz López antes de abordar su vuelo de retorno definitivo.
El fenómeno de la migración inversa y la nostalgia de la patria
El testimonio de la señora Teresa expone las dinámicas de la migración inversa en la comunidad salvadoreña de la tercera edad, un sector de la diáspora que, tras completar sus etapas productivas, sopesa el bienestar material de los países de acogida frente a los vínculos emocionales y familiares de su origen.
Su contundente frase, «No quiero morir aquí», encapsula la realidad de miles de naturalizados que eligen pasar su vejez en sus municipios natales, dinamizando la economía local a través del retiro.
El caso, documentado por las corresponsalías de prensa hispana en la capital estadounidense, reaviva la discusión sobre las complejidades emocionales y el desarraigo que enfrentan las familias migrantes en sus diferentes etapas generacionales.
Tras concretar los trámites aeroportuarios y logísticos pertinentes, la ciudadana salvadoreño-estadounidense partió con rumbo a El Salvador llevando consigo las cenizas de su hijo, cerrando un ciclo migratorio de casi medio siglo.




