San Salvador, 1 de junio de 2019.
Abajo, Nayib Bukele, en su primer discurso como presidente de la República de El Salvador.
Arriba, observando desde la tarima institucional, Norman Quijano, entonces presidente de la Asamblea Legislativa y uno de los principales rostros de la política tradicional que había dominado el país durante décadas.
La composición no fue buscada, pero resultó elocuente: más del 50 % del encuadre estaba ocupado por Bukele, mientras Quijano quedaba relegado a la parte superior, casi como una figura que observa el tránsito de una época hacia otra. Con el paso del tiempo, esa proporción se transformó en lectura política.
Ese día yo también estaba regresando
Volvía a El Salvador después de más de ocho años fuera del país, forzado a salir por el ejercicio de mi carrera periodística en un contexto marcado por la violencia de las pandillas. Me fui cuando mis hijos eran niños pequeños. Regresé cuando aún eran adolescentes, después de haberlos visto crecer a la distancia, a través de videollamadas, fotografías digitales y relatos fragmentados de la vida cotidiana que me llegaban desde casa.
La imagen no era solo institucional. Era personal.
Y, sin saberlo, era histórica.
Más de seis años después, el peso de la fotografía se ha desplazado del acto ceremonial al desenlace político. Norman Quijano se encuentra en prisión, no por una infracción migratoria en Estados Unidos, sino por haber sido condenado en El Salvador a 13 años y cuatro meses de cárcel, tras comprobarse —según investigaciones judiciales y de la Fiscalía General de la República— que negoció con estructuras de pandillas mientras ejercía poder político a través de su partido, la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).
Nayib Bukele, por su parte, se mantiene como la figura política con mayor respaldo popular en el país, liderando un proceso de transformaciones profundas que ha colocado a El Salvador bajo la mirada internacional, tanto por los cambios impulsados desde el Estado como por los desafíos que persisten en la sociedad salvadoreña.
La fotografía no pretende dictar veredictos.
Registra un momento.
Un instante en el que el pasado observaba, el presente hablaba y el futuro aún no tenía nombre.
Un encuadre que, con el paso del tiempo, terminó confirmando que no todas las imágenes envejecen: algunas se revelan.




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